viernes, 16 de julio de 2010

Tres visiones del Mundial


Pacho Maturana, colombiano, hombre de vasta experiencia en estas lides, dice que el fútbol es un reino mágico, donde todo puede ocurrir. El Mundial reciente ha confirmado sus palabras: fue un Mundial insólito.

Insólitos fueron los diez estadios donde se jugó, hermosos, inmensos, que costaron un dineral. No se sabe cómo hará Suráfrica para mantener en actividad esos gigantes de cemento, multimillonario derroche fácil de explicar pero difícil de justificar en uno de los países más injustos del mundo.

Insólita fue la pelota de Adidas, enjabonada, medio loca, que huía de las manos y desobedecía a los pies. La tal Jabulani fue impuesta aunque a los jugadores no les gustaba ni un poquito. Desde su castillo de Zurich, los amos del fútbol imponen, no proponen. Tienen costumbre.

Insólito fue que por fin la todopoderosa burocracia de la FIFA reconociera, al menos, al cabo de tantos años, que habría que estudiar la manera de ayudar a los árbitros en las jugadas decisivas. No es mucho, pero algo es algo. Ya era hora. Hasta estos sordos de voluntaria sordera tuvieron que escuchar los clamores desatados por los errores de algunos árbitros, que en el último partido llegaron a ser horrores. ¿Por qué tenemos que ver en las pantallas de televisión lo que los árbitros no vieron y quizá no pudieron ver? Clamores de sentido común: casi todos los deportes, el basquetbol, el tenis, el béisbol y hasta la esgrima y las carreras de autos, utilizan normalmente la tecnología moderna para salir de dudas. El fútbol, no.

Los árbitros están autorizados a consultar una antigua invención llamada reloj, para medir la duración de los partidos y el tiempo a descontar, pero de ahí está prohibido pasar. Y la justificación oficial resultaría cómica, si no fuera simplemente sospechosa: el error forma parte del juego, dicen, y nos dejan boquiabiertos descubriendo que errare humanum est.

Insólito fue que el primer Mundial africano en toda la historia del fútbol quedara sin países africanos, incluyendo al anfitrión, en las primeras etapas. Sólo Ghana sobrevivió, hasta que su selección fue derrotada por Uruguay en el partido más emocionante de todo el torneo.

Algunos resentidos llegamos a sospechar que el pulpo era un corrupto

Insólito fue que la mayoría de las selecciones africanas mantuvieran viva su agilidad, pero perdieran desparpajo y fantasía. Mucho corrieron, pero poco bailaron. Hay quienes creen que los directores técnicos de las selecciones, casi todos europeos, contribuyeron a este enfriamiento. Si así fuera, flaco favor han hecho a un fútbol que tanta alegría prometía. África sacrificó sus virtudes en nombre de la eficacia, y la eficacia brilló por su ausencia.

Insólito fue que algunos jugadores africanos pudieran lucirse, ellos sí, pero en las selecciones europeas. Cuando Ghana jugó contra Alemania, se enfrentaron dos hermanos negros, los hermanos Boateng: uno llevaba la camiseta de Ghana, y el otro la camiseta de Alemania.

De los jugadores de la selección de Ghana, ninguno jugaba en el campeonato local de Ghana. De los jugadores de la selección de Alemania, todos jugaban en el campeonato local de Alemania. Como América Latina, África exporta mano de obra y pie de obra.

Insólita fue la mejor atajada del torneo. No fue obra de un portero, sino de un goleador. El atacante uruguayo Luis Suárez detuvo con las dos manos, en la línea del gol, una pelota que habría dejado a su país fuera de la Copa. Y gracias a ese acto de patriótica locura, él fue expulsado pero Uruguay no.

Insólito fue el viaje de Uruguay, desde los abajos hasta los arribas.

Nuestro país, que había entrado al Mundial en el último lugar, a duras penas, tras una difícil clasificación, jugó dignamente, sin rendirse nunca, y llegó a ser uno de los mejores. Algunos cardiólogos nos advirtieron, desde la prensa, que el exceso de felicidad puede ser peligroso para la salud. Numerosos uruguayos, que parecíamos condenados a morir de aburrimiento, celebramos ese riesgo, y las calles del país fueron una fiesta. Al fin y al cabo, el derecho a festejar los méritos propios es siempre preferible al placer que algunos sienten por la desgracia ajena.

Terminamos ocupando el cuarto puesto, que no está tan mal para el único país que pudo evitar que este Mundial terminara siendo nada más que una Eurocopa. Y no fue casual que Diego Forlán fuera elegido mejor jugador del torneo.

Insólito fue que el campeón y el vicecampeón del Mundial anterior volvieron a casa sin abrir las maletas. En el año 2006, Italia y Francia se habían encontrado en el partido final. Ahora se encontraron en la puerta de salida del aeropuerto. En Italia, se multiplicaron las voces críticas de un fútbol jugado para impedir que el rival juegue.

En Francia, el desastre provocó una crisis política y encendió las furias racistas, porque habían sido negros casi todos los jugadores que cantaron la Marsellesa en Suráfrica. Otros favoritos, como Inglaterra, tampoco duraron mucho. Brasil y Argentina sufrieron crueles baños de humildad. Medio siglo antes, la selección argentina había recibido una lluvia de monedas cuando regresó de un Mundial desastroso, pero esta vez fue bienvenida por una abrazadora multitud que cree en cosas más importantes que el éxito o el fracaso.

Insólito fue que faltaran a la cita las superestrellas más anunciadas y más esperadas. Lionel Messi quiso estar, hizo lo que pudo, y algo se vio. Y dicen que Cristiano Ronaldo estuvo, pero nadie lo vio: quizás estaba demasiado ocupado en verse.

Insólito fue que una nueva estrella, inesperada, surgiera de la profundidad de los mares y se elevara a lo más alto del firmamento futbolero. Es un pulpo que vive en un acuario de Alemania, desde donde formula sus profecías. Se llama Paul, pero bien podría llamarse Pulpodamus.

Al fin se hizo justicia, lo que no es frecuente en el fútbol ni en la vida

Antes de cada partido del Mundial, le daban a elegir entre los mejillones que llevaban las banderas de los dos rivales. Él comía los mejillones del vencedor, y no se equivocaba.

El oráculo octópodo influyó decisivamente sobre las apuestas, fue escuchado en el mundo entero con religiosa reverencia, fue odiado y amado y hasta calumniado por algunos resentidos, como yo, que llegamos a sospechar, sin pruebas, que el pulpo era un corrupto.

Insólito fue que al fin del torneo se hiciera justicia, lo que no es frecuente en el fútbol ni en la vida. España conquistó, por primera vez, el campeonato mundial de fútbol. Casi un siglo esperando.

El pulpo lo había anunciado, y España desmintió mis sospechas: ganó en buena ley, fue el mejor equipo del torneo, por obra y gracia de su fútbol solidario, uno para todos, todos para uno, y también por las asombrosas habilidades de ese pequeño mago llamado Andrés Iniesta. Él prueba que a veces, en el reino mágico del fútbol, la justicia existe.

Cuando el Mundial comenzó, en la puerta de mi casa colgué un cartel que decía "Cerrado por fútbol". Cuando lo descolgué, un mes después, yo ya había jugado 64 partidos, cerveza en mano, sin moverme de mi sillón preferido.

Esa proeza me dejó frito, los músculos dolidos, la garganta rota; pero ya estoy sintiendo nostalgia.

Ya empiezo a extrañar la insoportable letanía de las vuvuzelas, la emoción de los goles no aptos para cardíacos, la belleza de las mejores jugadas repetidas en cámara lenta. Y también la fiesta y el luto, porque a veces el fútbol es una alegría que duele, y la música que celebra alguna victoria de esas que hacen bailar a los muertos, suena muy cerca del clamoroso silencio del estadio vacío, donde ha caído la noche y algún vencido sigue sentado, solo, incapaz de moverse, en medio de las inmensas gradas sin nadie.


Uruguay: ¡te queremos!

La quinta selección de América Latina en clasificar al tramo final de la Copa del Mundo FIFA 2010 termina quedándose hasta el 10 de julio; y nos hace pensar en la lista de los que se fueron temprano a casa. Es el renacimiento del fútbol uruguayo, coloso en la Historia del fútbol mundial, gigante dormido que vuelve a despertar. ¡Bienvenidos de nuevo!. ¡Los queremos!

Los jugadores de la selección uruguaya de fútbol son leones. Juegan con vigor, como equipo, pensando colectivamente. Sienten amor por su patria. Se ve. Juegan con alma, con espíritu, se comen la cancha. Piensan juntos, trabajan juntos. Tienen un equipo de un único cuerpo.

Los jugadores de Oscar Washington Tabárez son héroes porque se las arreglaron para hacer en la Copa Mundial 2010 en Sudáfrica lo que ningún otro equipo: trabajar, sudar, luchar, sangrar,... y sentir, respetar, honrar y respirar el orgullo de lucir su camiseta. El amor por su país asoma en sus ojos y en sus almas.

No importa si esta maravillosa selección queda tercera o cuarta este sábado, porque Uruguay se ha elevado una vez más al pináculo en la Historia del deporte mundial y escrito su nombre en forma indeleble en los anales del fútbol.

Mirar la cara de Diego Forlán cuando su equipo conseguía o tomaba un gol era ver a un patriota, un héroe nacional y modelo para millones de hinchas de fútbol alrededor del mundo, y un ejemplo para cualquier profesional en cualquier campo de actividad. Es la imagen de una persona dedicada a lo que hace, que sobrepasa todas las expectativas porque tiene talento y es responsable, trabaja y siente amor por sí mismo antes que nada. Hablo de algo como mirarse en el espejo cada mañana y sentirse bien.

Lo que este equipo ha hecho en estas pocas semanas ha sido ubicar a Uruguay firmemente en el mapa y, lo que es más importante, en el centro de la conciencia global, inculcando un ejemplo brillante de profesionalismo y alcanzando el éxito a través del trabajo conjunto.

No sólo para el fútbol profesional: esta actitud también establece un gran ejemplo para cualquier equipo, para cualquier grupo de personas, en cualquier situación. Es el espíritu de este grupo liderado por Oscar Washington Tabárez el que nos toca, inspira y alimenta.

Gracias, Uruguay. Mientras Francia se fue de una, mientras Inglaterra, Italia, Argentina, Brasil tomaron vuelos anteriores de vuelta a casa, ustedes trabajaron, ustedes creyeron, ustedes escribieron poesía.

Desde el fondo de mi corazón, para todos nuestros corresponsales en Uruguay, gracias. Y estén orgullosos. Lo merecen.

Timothy BANCROFT-HINCHEY
PRAVDA.Rusia
Director Editor Jefe

Traducción; Eldo Lappe



UNO - Dunga es un matón, siempre fue un matón. Cree que el fútbol no es un juego en el que prevalecen los virtuosos sino los recios y tramposos, como recio y tramposo era él cuando jugaba con mala saña. Naturalmente, un matón desembozado como Dunga hizo una selección de matones. Todos en Brasil parecían malhechores tratando de hurtar un partido. En las caras de los brasileños no se advertía algo parecido al goce o al placer de jugar un juego, sino la tensión culposa del que se dispone a perpetrar una fechoría, el rictus delator del hampón con las manos en la masa. Todos, incluso Kaká, el predicador religioso con cara ñoña, parecían ensombrecidos por el espíritu zafio, vulgar de Dunga. Nunca jugó bien Brasil en este mundial. Hizo goles tramposos, no con una mano sino con doble mano. Tenía como defensores a unos sujetos patibularios, como Lucio o Melo o Juan, que parecían escapados de una cárcel de alta seguridad. Los brasileños, que antes jugaban bonito, ahora jugaban feo. Ganaban, pero jugaban feo. Y por suerte, les tocó jugar con Holanda, que es una selección que entiende el fútbol como un juego, como un disfrute de los sentidos, como una travesura, como un desafío pendenciero; una selección que juega con cierto aire distraído, como si igual le diera ganar o perder, con un espíritu risueño, como si lo más importante no fuera destruir a patadas al rival (la filosofía de Dunga) sino divertirse, pasarla bien, jugar bonito, hacer cabriolas imposibles y ver cuál de los pelados, si Sneijder o Robben, hace el gol más lindo. Holanda nunca jugó el mundial con el peso opresivo de representar a una tribu guerrera, Holanda siempre jugó el mundial como si fuera una pichanga entre amigos o un picadito después de un asado o una fiesta después de fumar hierba. Mi teoría (que no puedo probar) es que los holandeses juegan chispeantes de marihuana o han fumado tanta marihuana en su primera juventud que ya han quedado tocados de un cierto relajamiento ante todo. Y por eso Holanda le ganó a Brasil y sin duda mereció ganarle a Brasil. Porque Holanda jugó bonito, jugó relajadamente, jugó a sabiendas de que era un juego nomás, mientras Brasil se tensaba en unas asperezas de maleantes chapuceros que parecían conjurados para asaltar un banco o robarse el oro de la sacristía.

DOS - Tabárez es un maestro, Tabárez siempre fue un maestro. Escuche, usted, una conferencia de prensa de Tabárez y notará enseguida su humildad, su prudencia, su inteligencia con las palabras, su lucidez para decir sin jactancia ni aspavientos lo poco que tiene que decir".

Como Tabárez es ante todo un hombre inteligente y educado, la selección uruguaya es la prolongación de su inteligencia y su educación y es también, por supuesto, la suma de once hombres entrenados en esa noble tradición uruguaya de que el juego del fútbol, cuando es al país al que se representa, lleva consigo el peso del honor, pone en entredicho ya no solo las aptitudes de esos hombres para jugar el juego, sino también su coraje, su nobleza, su lealtad, su entrega incondicional, como si esos once elegidos para llevar el emblema del país fueran un regimiento, un batallón, un cuerpo de élite que va a una guerra sin armas en la que habrán de demostrar heroísmo además de habilidad para prevalecer sobre los otros.

Siendo un juego y estando sin armas, los uruguayos entienden el fútbol como una prueba de coraje y heroísmo, y solo por eso, no por ser más dotados técnica o físicamente, prevalecieron sobre los de Ghana, que a punto estuvieron de doblegarlos en esa batalla feroz.

Pero hubo tres momentos cruciales en los que Uruguay demostró que, no siendo superior a su rival, poseía sin embargo esa cuota extra de heroísmo o de arrojo torero:

- - cuando Luisito Suárez, en el último minuto del tiempo suplementario, sacó una pelota de la línea de su arco con los pies y otra con la mano, como Kempes contra los polacos en el 78, de pronto un delantero haciendo de arquero y perpetrando una trampa no para burlar las leyes del fútbol sino como un recurso desesperado para evitar la caída de los suyos, cosa que al parecer intuyó que habría de ocurrir cuando, ya expulsado, camino al vestuario, advirtió que el penal ejecutado con menos pericia que vehemencia pegó en el travesaño y entonces la mano de Luisito Suárez no fue una mano tramposa, mañosa, reprobable, sino una que expresaba la voluntad de inmolarse en aras del triunfo de su batallón;

- cuando, ya en la tanda de penales, el portero Muslera supo que la suerte del regimiento dependía ahora casi enteramente de su astucia para adivinar el destino de la pelota y su determinación para ir a desviarla y en efecto atajó dos penales tirándose hacia la izquierda y erigiéndose en el segundo héroe del pelotón uruguayo;

- y cuando, puesto a ejecutar el quinto y último penal, Abreu no se intimidó, no se puso nervioso, no se acobardó, sino que recordó que por algo Uruguay fue dos veces campeón del mundo y tal vez recordó que por algo tiene fama de loco, y entonces hizo lo que solo los locos y los genios podrían hacer en un momento cargado de tal dramatismo, un momento del que dependía la felicidad entera de un país, millones de miradas y corazones y alientos entrecortados que de pronto Abreu representaba en ese penal, millones de almas en vilo que cifraban su ilusión en que Abreu convirtiera, y entonces vimos lo que vimos y no olvidaremos: que Abreu, más que valiente, fue insolente en correr con su aire desgarbado, amagar un disparo potente y luego picar la pelota en cucharita para que hiciera un vuelo manso y aterrizara como una masita desdeñosa en el arco de Ghana, demostrando de ese modo quién sabía más, quién podía más.
En ese momento, Uruguay fue campeón del mundo y es ya campeón del mundo, no importa lo que pase después.