martes, 14 de septiembre de 2010

¿Quien dijo que ya no hay crítica cinematográfica en este país?

Acá les dejo la transcripción completa de un artículo de "La Diaria" sobre la película "The Road". No es un ejemplo raro; este "matutino" ya me tiene acostumbrado a una crítica seria, escapándole a las estrellitas y/o caritas felices, que poco o nada aportan a un lego como yo en cuestiones de cine.
Acá va.

Un futuro setentista

Cine. La carretera (The Road). Dirigida por John Hillcoat y basada en la novela de Cormac McCarthy.

El esqueleto anecdótico está bastante desgastado; sin embargo, la película es original. Un par de personajes simpáticos (padre e hijo) tratan de sobrevivir en un mundo posapocalíptico en el que escasea el alimento, toda la estructura social colapsó y se instauró el “sálvese quien pueda”. El peligro más drástico es la existencia de grupos convertidos al canibalismo -emprenden cacerías humanas-; el peligro menor son los robos, lo que, de todas maneras, es bastante grave, ya que la posesión de bienes, como zapatos, abrigo o una lata de comida, hace la diferencia entre la vida y la muerte.

Los fans incondicionales de películas de zombis o de sus equivalentes en la cantidad de escenas de acción, terror, gore y catarsis se pueden decepcionar: la película contiene todo eso, pero sólo un poquito. Es más bien intimista, lenta, dialogada, poética o “filosófica”, lo que trae recuerdos del cine próximo a 1970, cuando se hicieron tan comunes las perspectivas distópicas tratadas en forma adulta y austera (me refiero a cosas como Fase IV: destrucción, Silent Running, Rollerball, THX 1138 y muchos otros). Es decir, el foco aquí no está en la generación de empatía por los protagonistas para sostener la aflicción de los espectadores en los momentos de peligro y la catarsis en la victoria, aunque hay una secuencia sensacional, terrible, cuando los protagonistas encuentran una casa aparentemente abandonada y deciden entrar a explorarla. A ésta se suman tres o cuatro escenas breves adicionales de lo que puede decirse acción, menos desarrolladas. Lo demás es soledad, paisajes casi monocromáticos, entre el gris, el marrón y lo anaranjado, personajes demacrados por el hambre, suciedad polvorienta, ausencia de vida extrahumana y los días que transcurren en la angustiosa búsqueda de satisfacer las necesidades elementales sin una sola noche de sueño tranquilo. Es algo muy similar a la historia de vida de algunas especies salvajes en medios inhóspitos o poblados de depredadores, pero que desde nuestro cotidiano civilizado no solemos concebir como posiblemente humano.

La estructura anecdótica remite al cine de carretera: en el camino de los agonistas hacia un sur en que sospechan que pueda haber condiciones mejores, se sigue rapsódicamente pequeños eventos y encuentros, que no configuran -no en la forma cerrada que es normal en Hollywood- una cadena de causas y efectos con sus respectivas conclusiones. No hay, por ejemplo, ningún villano totalmente individualizado que persista hasta un showdown catártico. De hecho, no hay showdown catártico, y la escena que ocupa la posición formal de ápice del clímax no podía transcurrir en forma más quieta. Las escapadas se mantienen a un nivel verosímil y el personaje principal no tiene las superdotaciones de Mad Max, Eli o el marino de Waterworld. A los peligros de canibalismo y robo se suma la desconfianza mutua, que lleva a que personajes “buenos”, que se podrían ayudar mutuamente, se disparen unos a otros. Y sí hay -cosa típica del cine de carreteras- algunos episodios sin repercusión anecdótica importante, destinados a la exploración de un personaje que surge en un encuentro eventual y, a través de él, de un ejercicio de actuación virtuosística (en este caso, sobre todo la breve aparición del gran Robert Duvall, otro factor que remite a THX 1138 y que se suma a las también excelentes actuaciones de Mortensen y Theron).

No hay moralizaciones sencillas. Nunca nos enteraremos de la causa del apocalipsis. La imagen de barcos tirados en el medio de un paisaje urbano sugiere el impacto con un asteroide, que también explicaría el cielo cubierto de polvo y el consiguiente fin de la vida vegetal. No se ve señales de radiación. No hay nadie sobre quien depositar la culpa de lo ocurrido. La producción de la película (cuyo costo está estimado en US$ 20 millones, es decir, barata para los patrones de Hollywood) trató de reducir la carga de los efectos por computadora (aunque los hay) echando mano a imágenes documentales de catástrofes reales (del huracán Katrina en Nueva Orleans, de la última erupción del St. Helens, el incendio de Yellowstone) usadas como base para la creación de varios de los paisajes luego trabajados digitalmente, sin por ello dejar de ser reconocibles, lo cual genera una sutil conexión entre la situación extrema de la trama y las ocurrencias reales (por lo menos acá en Uruguay, el rostro de Viggo Mortensen con la barba crecida y flaquísimo, huesudo, hará pensar casi inevitablemente en los sobrevivientes de los Andes).

Ese efecto generalizador está apoyado también por el hecho de que ninguno de los personajes tiene nombre (un recurso que también remite al cine modernista de Hiroshima mon amour en adelante). Ante situaciones desesperadas, aun los personajes positivos son llevados a acciones egoístas y crueles (la escena con el ladrón es revulsiva y uno de los momentos más tristes de esta película tan gris). Otro tema trabajado es la pertinencia de la supervivencia a toda costa en una situación de éstas: muchos optan por el suicidio, como es el caso de la madre del niño. Su firmeza, coraje, realismo y buenos argumentos ponen en cuestión cuál de las dos posturas es más sensata, la de ella o la de él, además de producir otra inversión con respecto a los estereotipos cinematográficos: ella tiene más control que él, y él es impotente ante las determinaciones de ella.

También en el estilo la película difiere de los estándares actuales y remite al cine de hace décadas. Los movimientos de cámara no son regla, sino excepción, y la plasticidad está trabajada en función de encuadres pictóricos. Por lo menos en el Hoyts Punta Carretas la película es proyectada en soporte digital o en una copia producida a partir de un intermediario digital de definición subideal. Una pena, porque le da a la película una textura mucho más casera de lo que aparentemente tiene (está filmada en 35 mm), y la calidad fotográfica es sensacional, pero buena parte de su efecto se pierde. El trabajo con el sonido también es destacable, con algunos momentos escalofriantes que ocurren totalmente fuera de campo; reforzado también por la música delicada y sugerente de Nick Cave.

Hay también afectaciones (además de los rasgos setentistas), sobre todo en lo que tiene que ver con el personaje del gurí, urdido a partir de la premisa idealista de que la infancia es un reducto de inocencia y rectitud moral todavía no pervertida. Un carácter tan absolutamente bueno y sensible ya es muy difícil de encontrar en un niño de la calle, y es aun menos probable en uno que ya nació huyéndoles a los caníbales, acostumbrándose a imágenes espantosas y aprendiéndose las duras normas de la supervivencia a cualquier costo. El pequeño Kodi Smit-McPhee actúa muy bien, pero no logra evitar que su personaje resulte un poco empalagoso. El hecho de que los seres humanos, aun con canibalismo, logren sobrevivir en un mundo en que la vida vegetal se extinguió (y con ella, la producción de oxígeno) puede ser otro bache, o podría ser un indicio de que quizá en otras zonas del planeta la destrucción puede haber sido menos total. El final medio deus ex machina resulta en un toque rosado bastante incongruente con la implacable severidad de todo lo que lo precedió. La magnífica banda sonora de los créditos finales, hecha de sonidos cotidianos a bajo volumen (tráfico, niños jugando), puede sugerir un optimismo con respecto al futuro, o, al revés, un triste recordatorio de elementos perdidos y que quizá no solemos valorar tanto.

Guilherme de Alencar Pinto