jueves, 7 de abril de 2011

Pablo querido

Absolutamente disfrutable. No faltó nada; ni la banda, ni las banderas, ni los coros, ni los clásicos. ¡Qué se puede decir de este privilegiado de la garganta que ya no se haya dicho! Memorable.

Una perlita: el sonido era, como nos tiene acostumbrados el Palacio Peñarol, una cagada frita servida en dos panes. Espantoso, insufrible. Empezaron a sonar gritos: al principio uno creía que era la gente pidiendo temas. Pero no; eran quejidos por el volumen. Resulta que en determinado momento, Pablo para todo y pregunta que pasa. Le intentan explicar, pero dice que no oye nada. Y atento: manda "elijan un delegado que me lo diga, no se; hagan una asamblea". La gente se cagaba de risa. Un crá, el cubano. Sube un pinta y le explica que la banda lo esta tapando y que no se le entiende al cantar. Imaginate la jeta del sonidista. Dice Pablo "pero entonces lo que canté no se entendió nada. Bueno; arrancamos de nuevo". El Peñarol se venía abajo. Arreglan el sonido (todo lo arreglable que se pudo) y ahi se pudo disfrutar un cacho mejor.  De todas maneras, verlo es increíble, y las mejores canciones las cantaba con el pianista.

La banda es un caso aparte. ¡Lo que toca esa gente! Pianista, baterista, bajista, percusionista, violinista, saxofonista. A cual tocaba mejor. Monstruos, unos crá, un calambre absoluto.

Una joya, el negro y su gente, cada vez mas grande, cada vez mas imponente. Una belleza de voz y de persona. Algún que otro negro autóctono (músico, para mas datos) debería aprender modestia de Milanés.

Al finalizar, despues de dos tandas de bises, "Amo esta isla" incluída, le agradeció a todos, incluso al sonidista. Pobre gurí. Te regalo la changa de sonidificar el Peñarol, es mas dificil que cagar en un frasquito.