jueves, 28 de agosto de 2008

La Tierra Baldía

Acá pongo un fragmento de un poema que estudié en 6º de arquitectura, en el grandioso Liceo Bauzá, que entre otras cosas me permitió acceder al nunca bien ponderado título de Bachiller (que a su vez me permitió la obtención de la licenciatura en Bibliotecología)

Recuerdo que me impresionó muchísimo el hecho de que alguien hiciera poesía "moderna", basada en vivencias ciudadanas, ambientada en el siglo XX. Esa cosa citadina, de capital o de ciudad grande, es increíble.

En fin, buen poema, buena poesía, teniendo en cuenta que a mí la poesía nunca me llamó mayormente la atención. Algunas cosas, como lo de Tiresias, hay que relacionarlas con la mitología: hay que leer, mas bien.

Bien, abajo el fragmento, y acá el poema completo.
T.S. Eliot (Missouri, USA, 1888-Londes, 1965), un maestro.


LA TIERRA BALDÍA (1922)

...A la hora de color violeta, cuando del escritorio alzamos los ojos y las espaldas,
Cuando la humana máquina aguarda
Cual taxímetro en marcha,
Yo, Tiresias, aunque ciego, palpitando entre dos vidas,
Anciano de arrugadas tetas, puedo ver
A la hora de color violeta, a esa hora de la tarde que nos conduce
Camino del hogar y la mar trae de vuelta a su casa al marinero;
Y la mecanógrafa, para tomar el té de la tarde, recoge las sobras del desayuno, calienta
La estufa y prepara su comida a base de conservas.
Fuera de la ventana, puestas peligrosamente a secar, cuelgan
Sus prendas íntimas, manoseadas por los últimos rayos del sol.
Sobre el sofá (que le sirve de cama por la noche) se amontonan
Medias, chinelas, chambras y sostenes.
Yo, Tiresias, anciano de arrugadas tetas de mujer
Vi la escena y predije lo demás.
-Yo también esperaba la ansiada visita.
Él, joven carbuncoso, llega,
Secretario de un agente de una pequeña firma comercial, de mirada impudente,
Uno de esos bribones en quien el descaro se ensarta
Como chistera en la cabeza de un millonario de Bradford.
La hora es favorable, y tal como él se figurara,
La cena ha terminado, ella está aburrida y cansada,
Él trata de envolverla con caricias
Que, si bien consentidas, no son deseadas,
Animoso y resuelto, él la asalta sin demora;
Sus manos acuciosas no encuentran resistencia alguna,
Su vanidad no necesita respuesta,
Y hasta recibe con agrado tal indiferencia.
(Y yo, Tiresias, he permitido todo
Lo que ocurriera en este mismo sofá o lecho;
Yo, que estuve sentado bajo los muros de Tebas
Y anduve entre lo más bajo de los muertos).
Le da un condescendiente beso postrero
Y baja a tientas por la escalera sin luces...
Ella se vuelve y contempla un instante al espejo.
Sin preocuparse de su amante que se ha ido;
Su cerebro formula a medias un vago pensamiento;
“Bueno, asunto arreglado, me alegra que haya pasado ya”.
Cuando una mujer hermosa se entrega a tales locuras
Y vuelve a pasearse, a solas, por su cuarto,
Se alisa los cabellos de un modo automático
Y pone un disco en el gramófono...